Mensaje del Cardenal Cañizares a los peregrinos de Taizé en Valencia | Evangelización Valencia

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Mensaje del Cardenal Cañizares a los peregrinos de Taizé en Valencia

Queridos jóvenes, estamos en plena Navidad, habéis venido desde los diferentes países de Europa, a este encuentro europeo de jóvenes preparado por los hermanos de Taizé , en una nueva etapa de la peregrinación de Confianza, fraternidad y misericordia a través de toda la tierra, venís invitados y acogidos con los brazos abiertos por esta Iglesia que peregrina en Valencia. ¡Bienvenidos todos y gracias por vuestra visita! Quiero hablaros con gran aprecio y afecto a vosotros y a vuestros países de origen. Quiero hablaros en directo y con el corazón abierto.

Permitidme que os haga una pregunta: ¿A qué venís?; ¿Qué buscáis y esperáis? Porque se que vuestro corazón busca y espera. Con todo lo que pueda parecer, y con lo que algunos, tal vez piensen de los jóvenes de ahora, la vida no ha cerrado ni apagado anhelos muy profundos y nobles dentro de vosotros. Buscáis ser felices, llegar a ser libres; amáis la vida y queréis vivir plenamente; anheláis que haya un futuro grande para vosotros y que os llene de esperanza; tenéis sed de verdad y os gustaría en lo más íntimo de vosotros que os quieran, os comprendan, y también querer a los demás; buscáis la justicia, la autenticidad, la lealtad, el amor no interesado, la comunicación sincera; queréis la paz, y detestáis la guerra y la violencia terrorista, el hambre y las injusticias tan graves que nos separan y desgarran. Buscáis y queréis una sociedad nueva, una humanidad nueva, hecha de hombres y mujeres nuevos. Anheláis un estilo de vivir nuevo, lleno de sencillez, y que trasparente misericordia. Buscáis y queréis un mundo fraterno, de hermanos, solidarios, buscáis y esperáis una nueva civilización del amor.

Detrás de todo esto, ¿qué buscáis, en el fondo, sino a Dios?,¿En quién esperáis y a quien buscáis, a veces o casi siempre sin saberlo, sino a Jesucristo? Porque, mirad, lo sabéis muy bien, por eso estáis aquí: solo Jesucristo es la vida y al margen de Jesucristo no tenemos sino muerte. Solo Él es el Camino, y al margen de Él andamos desorientados y perdidos; solo Él es el camino que conduce a Dios, que nos lleva a los otros hombres. Solo Él es la Verdad que nos hace libres y la luz que alumbra a todo hombre, y fuera de Él no encontramos sino oscuridad y carencia de libertad.
Viéndoos a todos vosotros esta tarde no puedo olvidar aquellas palabras del Papa San Juan Pablo II tan querido por los jóvenes. En el corazón de Asia, en Kazajstan, al día siguiente de la violencia terrorista desatada en Nueva York contra las simbólicas Torres Gemelas, el anciano Papa, sin fuerzas -pero lleno de fortaleza y coraje- salió al encuentro de jóvenes universitarios, musulmanes, ortodoxos y ateos y antes las grandes preguntas del hombre abatido, ante el drama de la humanidad les dijo cosas como estas: “Mi respuesta, queridos jóvenes, sin dejar de ser sencilla, tiene un alcance enorme: Mira, tu eres un pensamiento de Dios, tu eres un latido del corazón de Dios. Afirmar esto equivale a decir que tu tienes un valor en cierto sentido infinito, que cuentas a los ojos de Dios en tu irrepetible individualidad… Tenéis cada uno a vuestras espaldas distintos avatares, no exentos de sufrimientos. Estáis aquí sentados, uno al lado de otros y os sentís amigos, no por haber olvidado el mal que ha habido en vuestra historia, sino porque, justamente, os interesa más el bien que todos juntos podréis construir. Y es que toda reconciliación autentica desemboca forzosamente en un compromiso común. Sed conscientes del valor único que cada uno de vosotros posee y sabed aceptaros en vuestras convicciones respectivas, sin dejar por ella de buscar la plenitud de la verdad.

Vuestro país sufrió la violencia mortificante de la ideología Que no os toque ahora a vosotros caer presa de la violencia -no menos destructiva- de la “nada”. ¡Que vacío asfixiante, cuando en la vida nada importa y en nada se cree! Es la nada la negación del infinito…, de ese infinito que el hombre irresistiblemente aspira… El Papa de Roma ha venido a deciros precisamente esto: hay un Dios que os pensó y os dio la vida. Que os ama personalmente y os encomienda el mundo. Que suscite en vosotros la sed de libertad y el deseo de conocer. Permitidme confesar ante vosotros con humildad y orgullo la fe de los cristianos: Jesús de Nazaret, Hijo de Dios hecho hombre que vino a revelarnos esta verdad con su persona y su enseñanza” (San Juan Pablo II). Esto mismo que dijo a los jóvenes de la republica de Kazajstan, os lo repite hoy a todos vosotros.

Esto es lo que la Iglesia, nacida para servir y ser enviada a favor de todos los hombres ofrece a quien quiera escucharla. Desde aquí no debería caber la intransigencia ni la autosuficiencia, ni la prepotencia que conduce a la exclusión y al desprecio de los demás , sino únicamente el inclinarse ante todo hombre, sobre todo ante el que no cuenta para nada, el pobre, el caído y el desgraciado, y elevarlo a su dignidad más alta, encontrarse con todos desde el amor fraterno, amigo, sanante y restablecedor. Esta es la gozosa esperanza de la Iglesia, hogar abierto a todos, familia que acoge a todos, como esas familias que os han acogido. Con esa esperanza acogedora la Iglesia mira y acoge el destino de la Humanidad entera. Nada hay genuinamente humano que no le afecte. La fe en Cristo rechaza la intolerancia y obliga a un dialogo respetuoso, como en familia, a no excluir a nadie, a ser universalistas, a edificar la gran familia humana, a trabajar por la paz, basada en la justicia, la caridad, la misericordia, el perdón y la verdad, en el real reconocimiento de todo ser humano y en el respeto a todos sus derechos fundamentales e inalienables y la promoción de todas la verdaderas libertades, incluida la libertad religiosa, que se derivan de la dignidad de todo hombre, criatura de Dios Creador, querida por si misma, y redimida.

La Iglesia no tiene otra palabra ni otra respuesta a la necesidad de una fraternidad universal y concreta, de la cohesión de la sociedad entera, de la superación de división y conflictos, de convivencia y de paz, el hogar de la Iglesia, no tiene otra palabra ni otra respuesta que esta: Jesucristo. Él, Cristo, Dios-con-nosotros, rostro humano de Dios, mira con ternura a todos y a cada uno de los hombres con predilección por los pobres y los últimos, los ama con pasión y se entrega por ellos sin reserva alguna, como salvador y Redentor único, se inclina para curar y no pasar de largo de cualquier hombre robado, herido y tirado fuera del camino, se hace último para servir a todos como esclavo de todos, se abaja y hace suyo en solidaridad sin fisuras, el sufrimiento de los hombres hasta la muerte ignominiosa de la cruz en medio de los crucificados de toda la historia. Así trae la paz y planta en la tierra la misericordia, que va más allá de la justicia. Nos muestra que la seguridad y la convivencia consisten fundamentalmente en la misericordia que solo de Dios procede y Él nos da en la humanidad de Jesús, nacido en Belén, pobre, en un estable como el más pobre de los pobres. Y esta misericordia depende del reconocimiento de Dios que él mismo nos desvela en una carne como la nuestra y en el madera de la cruz del que cuelga y se extiende todo el amor infinito de Dios y la voluntad de Dios consumada: amar hasta el extremo.

La Iglesia mira a los hombres con la misma ternura y con la misma libertad con la que actúa Jesucristo, que no es otra que la libertad para amar al hombre, la que refleja el rostro de Dios; mira a los hombres con la misericordia de Jesucristo y, a partir de ahí, les abre la esperanza de que todas las cosas pueden empezar siempre de nuevo y de que puede reemprenderse el camino que tiene en Dios una meta cierta: la del triunfo sobre la violencia, el odio o la mentira y toda muerte, y la del cese de todo llanto transformado en alegría y gozo que no se agota.

Por todo esto, venid todos a Él. Venid vosotros jóvenes que andáis ansiosos de libertad, que tenéis hambre de vida llena, que tenéis sed de sentido para vuestras personas, que andáis hambreando felicidad y dicha desbordante. Os dirán que lo sensato esta en otra parte: que lo “pasaréis” mejor en otro lugar. No bebáis en charcos, cuando podéis beber en este manantial de agua viva, en esta inagotable fuente que es la única capaz de saciar vuestra sed y vuestra bus que da: Jesucristo.

Probad a sentaros en esta mesa, es decir, probad a seguir a Jesús, a identificaros con Él y veréis que no defrauda, que algo sucede en vosotros que no esperabais y que os ensancha vuestras ganas de vivir, vuestra ilusión, vuestras miras, vuestra esperanza, vuestra solidaridad. Acercaos a Jesús y probareis algo que ni siquiera imaginabais. Acudid a Él todos y encontrareis a Dios, os encontrareis a vosotros, os encontraréis con los demás de un modo nuevo, vuestra vida se llenará de sentido, se cargará de esperanza, seréis capaces de querer abrir caminos de verdadero amor en el mundo.

Cuando tantos caminos se abren delante de vosotros, por vuestra edad misma, y cuando tantos salen a vuestro paso ofreciéndoos caminos – algunos incluso que no conducen a ninguna parte – y cuando tenéis tantas incertidumbres que aclarar e incógnitas de vuestra vida que despejar, delante de vosotros esta Jesucristo y os habla a cada uno y os llama a que le sigáis. Os llama y os invita con gran respeto a vuestra libertad. En Él encontrareis lo que buscáis y mucho más. Vosotros necesitáis de Jesucristo para recorrer los caminos de la vida y Él ha querido necesitar de vosotros. Lo ha dado todo por vosotros, por todos y cada uno; y os pide que le ayudéis y vayáis con él a llevar su Evangelio de esperanza y salvación a todos. ¿Por qué no te vas con Él y le sigues, a donde él te lleve, y para lo que te llame? Piensa en ese mundo que necesita ser renovado, en esa humanidad que necesita de hombres y mujeres nuevos, en esa sociedad que reclama una nueva civilización del espíritu, en una nueva cultura de la vida y del amor, tan urgente, piensa en el mundo en que vives, en el que sin Él se apagaría el Evangelio del amor y de la paz y se perdería la esperanza.

Acudid a Él, a Cristo, todos los que sufrís la falta de significado. A todos los que están desilusionados ante las tareas de la civilización, invitadles a ser con vosotros constructores de la civilización del amor. Vivid para Cristo, como Cristo vive para vosotros. Venced todas las desesperaciones, sed más fuertes que todo lo que parece asediarnos a ser auténticos, defended la vida, servid a la vida, que vuestros corazones estén abiertos a la vida. Servid al hombre. Un mundo nuevo, una Europa nueva, una España renovada, un nuevo estilo de vivir, es posible. Demostrad como se vive por Cristo, con Cristo y desde Él. Este es nuestro mejor servicio a los hombres y nuestra más valiosa aportación: hacer posible a todos el encuentro con Jesucristo. La Iglesia y los cristianos no tienen otra palabra que Jesucristo, camino, verdad y vida; pero esta no la podemos olvidar; no la queremos silenciar, no la dejaremos morir.
No podemos ni, debemos ocultar a Jesucristo. No tenemos derecho a ocultarlo. No nos pertenece. Es de todos y para todos. ¡Jesucristo! Vosotros le conocéis y le amáis. A vosotros os repito su nombre y os lo anuncio, para que lo anunciéis y deis testimonio de Él. Abrid las puertas a Cristo. ¡No tengáis miedo!”. Cristo os necesita; la iglesia os necesita, los otros jóvenes que no están en este movimiento de Taizé que tiene tanta fuerza y que estoy seguro que aún tendrá más os necesitan, Europa os necesita, os necesitamos y contamos con vosotros. Contamos con vosotros y sé que no nos vais a defraudar. Que la Virgen María, madre de la esperanza, os ayude. ¡Gracias, que Dios pague como El, solo El, sabe hacerlo!

Proseguid vuestro camino, vuestra marcha, sin retirarse, con la mirada puesta en Jesús, que os guía y conduce.

+ Antonio Cañizares Llovera
Cardenal Arzobispo de Valencia

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